¡QUE NO OS SEPAREN! - Historia de Ángela Flores
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Yo no quise irme del hospital y dejarla allí. Yo me hubiese muerto de pena y ella seguramente de soledad. Ahora, seguramente ante la misma situación, los médicos me pondrían muchas más pegas para llevármela, pero creo que me la llevaría de todas maneras, porque es mi hija y estoy convencida de que fue el cariño y los cuidados que yo le brindé durante esos meses lo que consiguió salvar su vida.
Ninguna incubadora puede sustituir al calor de una madre.

Mi nombre es ángela Flores, tengo 70 años y 7 hijos. Cuando yo era joven, el papel de la mujer estaba claro: había que casarse y tener hijos, tantos como vinieran, y yo por lo que parece era especialmente fértil y tenía mucha facilidad para quedarme embarazada.

Los seis primeros vinieron muy seguidos, casi cada dos años. La última no me la esperaba, ya tenia 42 años y creía haber cumplido con creces con mi misión maternal. Seis hijos eran más que suficientes, pero la vida te da estas sorpresas. De mi primer parto al último pasaron 20 años, y de este último hace ya 26 años, y tengo que decir que fue sin duda el más frío y antinatural de todos, el único en el que me pusieron gotero, a pesar de haber demostrado en mis seis experiencias anteriores que era perfectamente capaz de dilatar yo solita, rápidamente y sin dificultades. Fue el embarazo en el que a más pruebas me sometieron, en el que estuve más intranquila y más miedo sentí, a pesar de ser ya una veterana en estos temas. Creo que los médicos actuales saben mucho de técnica, de medicinas y aparatos pero no saben atender un parto normal, en el que lo único que se necesita, es el cuerpo de la mujer y la sabiduría de la naturaleza. Ahora todo funciona movido por las prisas y la comodidad.

Todos mis partos fueron vaginales excepto uno, el de mi tercera hija, que es el que quiero contar.

Era el mes de octubre de 1963, yo estaba embarazada por tercera vez. Me encontraba entre el séptimo y el octavo mes de gestación, y empecé a tener unos fuertes dolores en la boca del estómago. Mi ginecólogo (que ya me había atendido en los anteriores partos), se empeñaba en decirme que eran dolores de parto y que parecía que se iba a adelantar. Yo le decía que no eran contracciones, que yo ya había dado a luz antes y sabía de lo que hablaba, pero él insistía. Me mandó ponerme bolsas de agua caliente en la zona, que lo único que consiguieron fue aumentar el dolor. Estuve así tres días y como no se me quitaban, al final ingresé en el hospital al mediodía del 31 de octubre para que me provocaran el parto. Me dieron unas pastillas y me hicieron colocarme en mil posturas inverosímiles para supuestamente facilitar que la niña bajase.

Fue una tortura. Los dolores seguían. A las 22:30 de la noche salieron por mi vagina, las manos de mi niña, por lo que me llevaron al quirófano y me practicaron una cesárea. A las 23:00 mi niña había nacido y se la llevaron a la incubadora. Antes de cerrar, al médico se le ocurrió mirar la zona por si se veía algo raro. Descubrió una peritonitis, que era la causante de los dolores, y me operaron. Si me hubiesen llevado a la habitación sin operarme, ahora mismo no lo estaría contando.

Yo estaba indignada con el doctor, que en ningún momento se disculpó por errar en su diagnóstico. Es curioso como su prepotencia le llevó a no escucharme y a negar mis sensaciones, mi instinto. él, que nunca había parido, pretendía demostrar que sabía mejor que yo lo que eran contracciones y lo que no, y evidentemente se equivocaba. Podrían haberme operado sin necesidad de arrancarme de las entrañas a la niña antes de tiempo.

No volví a verla durante los tres días siguientes. Estaba en observación por su bajo peso (1,500 gr), aunque en realidad no tenía ningún problema de salud: no necesitó ningún medicamento, ni cables, ya que respiraba por sus propios medios. Durante esos días las enfermeras me sacaban el calostro con un sacaleches y se lo daban a la niña.

Al cuarto día, cuando me subió la leche, empezaron a bajar a la niña regularmente a la habitación para que me la pusiese al pecho. Cuando por fin pude tenerla en brazos, sólo pensé que era muy fea, como un gato con mucho pelo, pero estaba completamente formada, con sus uñitas y todo, y a pesar de lo pequeñita que era (había bajado de peso durante los primeros días) se agarraba con fuerza y mamaba bien.

A todos mis hijos les he dado el pecho hasta que me quedaba embarazada del siguiente. Con la única que tuve, curiosamente, dificultades para establecer la lactancia fue con la última, pero mi tesón hizo que al final mamase también, como lo habían hecho sus hermanos.

A los 10 días me dieron el alta y me dijeron que puesto que la niña había nacido prematura y era muy pequeña y delicada había que trasladarla a un centro de neonatos, donde controlasen el ambiente y evitasen que sufriese contagios o infecciones. Las probabilidades de que sobreviviera según los médicos eran las mismas que si yo me la llevaba, bajo mi responsabilidad, y la tenía en casa bajo unas condiciones específicas. Y me la llevé.

Tenía que tenerla en una habitación bien ventilada y limpia a la que sólo podríamos acceder yo y el pediatra, que vendría regularmente a casa para pesarla y medirla. Yo usaba mi mano para calcular como su cabecita iba poco a poco aumentando de tamaño, esa era la manera en que yo comprobaba que iba saliendo para adelante. Ella seguía mamando bien pero no cogía suficiente peso, por lo que me recomendaron que le diera leche condensada diluida en agua después de algunas tomas, pero con una cucharilla, nada de tetinas que la confundiesen y se cargasen la lactancia. Gracias a ello a los 4 meses de su nacimiento ya pesaba tres kilos, aunque supongo que ahora los pediatras no recomendarían nada parecido. Las cosas con los años van cambiando, aunque no siempre para mejor.

Cuando por fin la consideraron fuera de peligro, pude presentarla en sociedad al resto de la familia y amigos. Algunas noches sufría una especie de espasmos, de dificultades respiratorias que yo conseguía solucionar cogiéndola en brazos y arrullándola hasta que se calmaba. Luego se desarrolló como una niña completamente normal y ahora es una gran mujer que me ha dado dos lindos nietos y de la que estoy muy orgullosa.

Este fue mi único parto no vaginal, provocado por un error médico y que me separó antes de tiempo de mi hija.

Yo no quise irme del hospital y dejarla allí. Yo me hubiese muerto de pena y ella seguramente de soledad. Ahora, seguramente ante la misma situación, los médicos me pondrían muchas más pegas para llevármela, pero creo que me la llevaría de todas maneras, porque es mi hija y estoy convencida de que fue el cariño y los cuidados que yo le brindé durante esos meses lo que consiguió salvar su vida.
Ninguna incubadora puede sustituir al calor de una madre.

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