¡QUE NO OS SEPAREN! - Historia de Andrea Anguera
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Mi primer parto se convirtió en una pesadilla para mi hijo y para mí, pues además de muchas otras cosas, nos separaron. No pudimos conocernos sino hasta el día siguiente de su nacimiento, y yo no sentía que era mío; ambos la pasamos muy mal. Sin embargo con mi segundo hijo fue diferente, estuvo en mi pecho casi al nacer: el flechazo fue inmediato.

Mi embarazo fue perfectamente normal y sin problemas. En la semana 40 expulsé el tapón mucoso. Al día siguiente, un viernes, mi ginecóloga dijo que no estaba dilatada, pero que no era normal que el parto no hubiera empezado, así que lo mejor era inducirlo. Con un total desconocimiento de mi parte y de mi pareja del proceso de parto y de las consecuencias de la inducción, accedimos pensando que lo que la doctora nos sugería era lo mejor.

Después de dos horas de inducción fallida me hicieron una cesárea. El trato en el quirófano fue fatal. Me trataron como si no existiera, los médicos se contaban chistes y anécdotas, me ataron y tuve que pedir a gritos que me explicaran qué pasaba. Pero eso no fue lo peor, en lo que sacaron al bebé, totalmente sano, lo pusieron en una mesa para examinarlo, aspirarlo, etc. él lloraba a gritos y yo pedía que me lo dieran. Cuando terminaron y lo envolvieron en la toalla me dejaron besarle (no lo pude tocar porque estaba atada) y me dijeron que se lo llevaban a la incubadora. Cuando más tarde pregunté porque lo pusieron en la incubadora, pues él estaba sano y estaba bien de peso, la explicación que me dieron es que "eso hacemos con todos los bebés."

No contentos con llevárselo, a mí me drogaron después de la cesárea y pasé toda la tarde y noche sin poder siquiera abrir los ojos. Cuatro horas después de su nacimiento nos lo trajeron para tocarlo por primera vez, mi marido, mi madre y algún otro familiar lo pudieron cargar. Yo pedí que me lo dieran, pero como no podía incorporarme, me lo pusieron en el pecho. Y a pesar de mi gran esfuerzo por no sucumbir a los efectos de las drogas, me quedé dormida después de apenas poderlo abrazar.

Pedí que me lo trajeran en la noche cuando tuviera hambre para darle pecho y no lo hicieron. Volví a ver a mi hijo la mañana siguiente. Fue una noche muy larga y dolorosa, física y emocionalmente.

Por allí no acaba todo, al llegar a casa cuando el mayor estrés había pasado solía verlo en su cunita dormir y preguntarme si ese bebé sería realmente mi hijo. A pesar de la angustia que me provocaba, tuve que ver el video de su nacimiento (que mi marido grabó) varias veces para saber que era cierto. Y aunque logré convencer a mi cerebro, mi corazón tardó mucho más en creérselo. Jamás pensé que sería posible sentirme desconectada de ese hijo que había deseado tanto y había esperado con tanta ilusión.

Mantuve estos sentimientos en secreto durante mucho tiempo porque me avergonzaba no sentir esa conexión inmediata con mi bebé; pues aunque le quería y protegía, no sentía que era mío. Muchos después supe que era normal sentirse así cuando separaban al bebé y a la madre después del nacimiento, que yo no era la única y que no era un monstruo. Sin embargo, nunca dejó de ser doloroso, incluso hoy, más de 7 años después.

Con mi segundo hijo, a pesar de que me regalaron otra cesárea innecesaria, la historia fue diferente. Aunque no me lo pusieron inmediatamente en el pecho como podrían haber hecho, tardaron solo unos minutos en hacerlo, no lo aspiraron ni maltrataron nada más nacer, solo lo secaron ligeramente y le echaron un vistazo fugaz antes de ponerlo sobre mi pecho. Esta vez no estaba atada y pude abrazarlo y besarlo cuanto quise. Esta vez me dio tiempo de enamorarme de mi bebé mientras la médico cosía mi vientre. Nunca olvidaré el momento mágico en que se encontraron nuestros ojos por primera vez. Lamentablemente después nos separaron 20 minutos mientras yo estuve en recuperación, pero mi hijo pasó todo ese tiempo sobre el pecho desnudo de su padre en vez de una en una caja inerte.
Cuando regresé mi hijo estuvo siempre sobre mi pecho, nuevamente los dos desnudos. Nunca se separó de mi lado y pasó todo el día y la noche junto a mí. Esta vez sí sabía que era mi hijo, mi cuerpo, mi corazón y mis sentidos me lo decían a gritos.

Andrea

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